martes, 3 de noviembre de 2015

Reír

Es curioso cómo nos olvidamos de las cosas más cotidianas y ni las echamos de menos.

Hace dos días Hugo -mi pareja- me miró sorprendido y sonriendo mientras me reía a carcajadas viendo una película. No era la más divertida, ni si quiera era lo suficientemente mala como para que me hiciera gracia. Era una comedia, sin más. "Nunca te había oído reír de esa forma", me dijo mientras él también sonreía.

Ayer tuve un ataque de risa. También con él o gracias a él, aún no lo sé. Pero lo cierto es que hacía años que no me pasaba.

Por cosas de la vida -o la vida misma, que es compleja de narices- hace tiempo que no soy la "niña risueña" que mi madre dice que era. Fui así y ya no lo soy -no lo era-. Creía que esa seriedad era fruto de ver y vivir la crueldad en las personas, de sentir la violencia del drama ajeno, de mirar más allá de la zona iluminada. Creía que era madurar.

Sin embargo, yo era consciente de que no todo podía ser de repente tan gris en mi corazón. Por eso comencé a plantearme preguntas para encontrar las respuestas y, por primera vez en mucho tiempo he vuelto a olvidarme de todo y a reír como una niña.

Ayer me di cuenta de que en el fondo de mi ser sigo siendo esa niña. Cuando se me saltaban las lágrimas de la risa, cuando paraba y el simple retazo de un recuerdo inmediato me hacía volver a reír sin parar y cuando por fin fui capaz de parar y sentía dolor en el abdomen.

Yo reía y vuelvo a hacerlo. No sé si hay un solo motivo o varios pero creo que empiezo a darme cuenta de que, efectivamente, aunque haya mucha mierda en el mundo, aunque nos pasen cosas horribles, la vida es única, preciosa y, sobre todo, corta, demasiado corta para no hacerlo.


viernes, 23 de octubre de 2015

Psicoanálisis de mí misma

Hace semanas que peleo con las ideas preconcebidas de mí sobre mí misma. Sí, lucho con y contra mi yo real, el de verdad, la esencia ha encontrado un hueco para salir de lo más profundo del baúl, después de años y años echando basura encima, poniendo capas y capas de trastos viejos pero que me he negado a tirar y sin embargo, tampoco había vuelto a destapar.

Ha llegado ese momento y no está siendo nada fácil.

La pregunta fundamental, esa a la que he llegado tras horas de reflexiones, es la siguiente: "¿Quién soy en realidad?" O dicho de otra forma, "¿soy lo que soy o lo que creo que debo ser?"

Vivimos en un mundo en el que la mujer -hablo de lo que conozco, lo siento por el resto- tiene que ser un todo. Tiene que ser la mejor profesional, la mejor amante, madre, hermana, pareja, tía, amiga, colega... Y todo eso lo tiene que hacer bien y, entre tanto, cuidar su cuerpo, cultivar su mente y seguir las últimas series del momento. Eso, claro, si eres una mujer libre, independiente, moderna y autosuficiente.

Yo soy todo eso. ¿Lo soy o trato de serlo? ¿Trato de serlo porque quiero serlo o porque creo que es lo que debo ser?

Llevo años formándome, viajando, trabajando, conduciendo, conociendo gente, leyendo, viendo películas, haciendo punto, cocinando, yendo al gimnasio y así una lista innumerable de cosas que he convertido en hábitos de los que es muy difícil deshacerse.

Muchas de las cosas que he hecho ha sido porque he querido, he sido libre para elegir no hacerlas y las he hecho. No me arrepiento, ¿pero que haya hecho algo me convierte en ello? ¿Que haya disfrutado de viajar sola me convierte en una viajera solitaria? No lo creo.

Cuando leo mi diario de cuando tenía 15 años me doy cuenta de que he llegado a donde quería llegar. Bueno, menos a lo de trabajar como periodista. Pero, por ejemplo, ahora que no trabajo en un medio me siento más realizada que nunca. ¿Es eso malo? ¿Me he conformado? No quiero pensar eso, quiero creer que no deseaba tanto ser periodista y no pasa nada. No tiene nada de malo. No me convierte en peor persona ni, mucho menos, peor mujer.

Llevo años proyectando una yo que no es 100% real. Lo es en parte. Me chifla viajar, pero no quiero vivir en otro sitio, al menos no si no es por obligación. Me gusta mucho leer, pero me chiflan las novelas facilonas -sí, qué pasa, yo me leo los premios Planeta-. Me gusta el cine, pero las pelis 'culturetas' me suelen dejar mal cuerpo.

Soy parte de lo que he sido y he ido desarrollando con los años. Pero no sólo soy eso. También soy egoista, soy indecisa, soy poco juerguista y, entre otras cosas, soy dependiente. Dependo de mi familia, aunque ellos a veces no lo crean, dependo de mis amigos, aunque me haga la superwoman, dependo de mi pareja, sí, lo tengo en cuenta en mi día a día.

Nada de esto me convierte en menos mujer. Simplemente me hace más compleja. Soy libre, libre para elegir, por tanto ¿no es ya hora de que empiece a elegir lo que mi yo más profundo quiere? Ya soy lo que creía que tenía que ser, ahora tengo que ser yo misma.

jueves, 24 de septiembre de 2015

Alegato en defensa de la filosofía

Como si de una reunión de Alcohólicos Anónimos se tratara, me presento: "Hola, soy Isabel y soy de letras". Sí, lo reconozco, soy una adicta a entender los comportamientos humanos, a analizar el porqué de determinadas reacciones sociales, a ir más allá. Pero me temo que, además, ya es tarde para mí, ya no hay marcha atrás en mi camino hacia el descubrimiento de lo más profundo del ser humano.

Acabamos de ser testigos de la supresión de Filosofía de 2º de Bachillerato como asignatura obligatoria en los institutos españoles. "No sirve para nada, no tiene salidas", dicen. ¡Pobres ignorantes! -quienes lo afirman, porque se lo han creído, y los estudiantes que carezcan de ella en el futuro-.

Esa concepción de estudiar algo para ganar dinero es algo nuevo, creado por un sistema capitalista en el que el hombre nace para consumir no para vivir. Sin embargo, esa idea está ya tan extendida que da miedo. Da miedo porque empieza a dar fruto.

La idea de que algo que "no tiene salidas" -productivas en términos económicos- es menos válido es terrible. La educación, la cultura, el saber son una cosa, el trabajo es otra. ¿Acaso la historia tiene "salidas"? No, o al menos no las que un padre querría para su hijo, porque lo que se dice ganar dinero como historiador... Entonces, ¿cuántos años le quedan como asignatura obligatoria en nuestras escuelas? Pero, si no estudiamos historia, si no nos cuentan lo que han hecho nuestros antecesores en el mundo, ¿cómo podremos no repetir sus errores?

Con la filosofía pasa exactamente lo mismo. Si no estudiamos cómo ha ido evolucionando nuestro pensamiento hasta hoy, ¿cómo vamos si quiera a entender nada de lo que nos rodea? Si no entendemos la evolución filosófica del hombre jamás podremos entender que la sociedad se conforma de ideas arraigadas generación tras generación y que en la mayoría de los casos son así porque un poder -el que sea- lo ha querido así.

La ciencia dice, entre otras muchas cosas, que el hombre viene del simio. De acuerdo. ¿Qué cambió en los cerebros de esos primeros homínidos para separar por completo su línea evolutiva de la de los primates? El pensamiento. Genial. Y ahora vamos a eliminarlo. Vamos a borrar de nuestra educación lo que nos hace seres humanos.

Yo estudié letras, a pesar de que todo el mundo me dijera que iba a tirar mi vida a la basura. Ya entonces fui consciente de que el mensaje no era tanto "estudia lo que te haga feliz" sino "estudia lo que te de dinero". Por suerte, decidí seguir mi instinto. Mi amor por las ciencias sociales y las letras era mayor que el miedo a no tener una vida llena de lujos.

Sé que con 15, 16, 17 años estudiar filosofía puede resultar tedioso. En esas edades, filosofar no es algo que suela apetecer. Sin embargo, años después, con el tiempo y las experiencias vitales, esa base cultural se convierte en pilar fundamental para entender lo que nos va sucediendo y no volvernos locos -o volvernos locos por ser conscientes de que no somos dueños de nuestros actos, sino que somos borregos dentro de un grupo humano concreto-.

La filosofía ha sido la última asignatura que ha caído -se mantiene como optativa, es decir, que sólo la elegirán unos pocos-. Aún se mantienen algunas, lo que yo ya no sé es hasta cuándo. Así que cada vez serán menos los que desarrollen su capacidad de pensar y, por tanto, cada vez serán menos los que sean humanos.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Somos responsables

En las últimas semanas siento una presión en el pecho que cada vez me oprime más el corazón, que hace que el dolor se convierta en lágrimas sin previo aviso, que me impide gritar, que me abruma. Ayer, miércoles 2 de septiembre, las redes sociales se indignaron con la imagen del pequeño sirio de tres años que yacía muerto en la orilla del mar Egeo. Desde entonces apenas puedo pensar con claridad.

Por un lado, siento una pena infinita por el drama que muchos, miles, millones viven cada día, a nuestras espaldas, en esa zona donde no queremos mirar, donde no llegan los móviles con cámara, donde vivir se convierte en sobrevivir. Sin embargo, me asusta la ligereza con la que la gente comparte esa imagen en sus muros. ¿Es realmente denuncia o es más bien morbo? O peor, ¿es que nos hemos acostumbrado tanto a estas escenas que han dejado de impresionarnos? 

Un niño, casi un bebé, tan pequeño, inofensivo e inocente. Un niño que no tiene que estar muerto.

Ahora ha sido esa imagen, pero la semana anterior fue la dantesca escena de aquellas personas descomponiéndose en un camión en una carretera perdida de Austria; hace un par, fueron las imágenes de la gente tratando de cruzar el Eurotúnel y antes, desde hace tanto que ya ni recuerdo el inicio, las pateras, los polizones en camiones, hasta los niños en maletas... Es todo un puto drama. Siento utilizar un lenguaje tan vulgar, pero siento que nada puede definir mejor lo que pasa. 

Sin embargo, sigo viendo en Facebook a la gente indignándose por una foto y olvidando al día siguiente. Así funcionamos. ¡Qué fácil es echar la culpa a las autoridades! Quienes sin duda son responsables de lo que está sucediendo, pero lo cierto es que en este drama todos somos responsables. 

Somos responsables cuando votamos a partidos que estigmatizan a las personas que buscan una vida mejor. Somos responsables cuando nuestro supuesto compromiso con los refugiados termina con un me gusta en Facebook y una oración indignada en nuestro muro de la red social de turno. Somos responsables al consumir de manera desenfrenada, al participar de un sistema que hace que cuatro lo tengamos todo y millones no tengan nada. 

Nuestra forma de vida, nuestra sociedad hace que niños como el de la imagen mueran cuando lo que tendrían que hacer es jugar, reír, saltar y dar el coñazo a sus padres. Nuestras comodidades y desarrollo son los responsables de muchas de las guerras que hacen que cada día miles de personas decidan dejarlo todo y caminar para huir del horror.

Los políticos son responsables, pero nosotros también. Quizás ya va siendo hora de empezar a salir de la zona de confort y tomar decisiones que cambien nuestras vidas para poder cambiar las de los demás. 

martes, 25 de agosto de 2015

No fue tan fácil. Tampoco tan difícil

No sé si yo soy la única mujer que tiene todas sus bragas destrozadas por las pérdidas de flujo debido al uso de tampones, pero desde luego, es un tema que me trae de cabeza, o bueno, me traía. Desde hace algunos meses me aventuré a utilizar una copa menstrual y ese es un problema que ya no tengo.
Pero no ha sido todo tan fácil tampoco.

Quizás es por la falta de hábito de interactuar con nuestra propia vagina –es curioso, muchas veces nuestras parejas las conocen mejor que nosotras mismas- o porque desde que somos adolescentes siempre hemos utilizado lo mismo y cada vez con un mecanismo más sencillo para que colocarlo sea prácticamente automático. Hablo de los tampones sobre todo.

Desde que tengo recuerdos, esos útiles han evolucionado hacia mini esponjas de algodón que introduces en tu cuerpo sin rozar ni un solo vello púbico. Así que de repente, te enfrentas a un aparato como una copa menstrual y te parece algo imposible de colocar. “¡Es un rollo! Tienes que meter los dedos, ¿no?”, me comentaba una de mis amigas cuando le dije que había empezado a utilizarla. Y, bueno, no nos vamos a engañar, las primeras veces es raro.

La copa se introduce doblándola a la mitad, así que al final no es tan grande como parece, pero sí que hay que introducirla un poco –pero muy poco, tiene que quedar colocada más cerca de la vulva que del cuello del útero, al contrario que los tampones- y sí, tenemos flujos, por lo que se te humedecen los dedos un poco también. La verdad es que yo antes utilizaba tampones sin aplicador. Hace tiempo decidí que el planeta no merecía esos plásticos extra por un poco de comodidad extra. Así que quitando que la copa, a la hora de ponértela, es un pelín más ancha que un tampón, todo eso de los flujos no me supuso un problema.

Pero, una vez colocada surge la gran pregunta: “¿Estará bien? ¿Se me saldrá? ¿Cuánto tardará en llenarse?” Pues aunque es inevitable hacerse estas preguntas, las respuestas serán en la mayoría de los casos “sí, no, mucho”.

Sí estará bien colocada si sigues las instrucciones. Lo que hay que hacer es introducirla doblada y soltarla. Cuando haces eso puedes tantearla con uno de tus dedos para comprobar que se ha desdoblado. Si es así debería estar bien colocada. Aunque, como todo en esta vida, puede que algo haya fallado. En ese caso, es probable que te pongas perdida.

Llegado este punto voy a dar un consejo de algo que yo he hecho para llegar a la conclusión de que no conozco nada mi cuerpo: utiliza salvaeslips las primeras veces. Llevarlo te va a aportar tranquilidad. Nada más. Pronto verás que con la copa no hay fallo.

En cuanto a lo de salirse… no sé si es algo que sentía únicamente yo o es algo que a todas que probamos estos aparatillos nos pasa. Yo, desde luego, pensaba que aquello iba a salir disparado de mi cuerpo como las pelotas de pinpong de la vagina de las artistas tailandesas. Nada más lejos de la realidad, de hecho, el problema que puede surgir las primeras veces aparece a la hora de sacarla. Vamos, que se sujeta de forma natural. Aunque la tensión hace que de paso hagas un poco de ejercicio con las paredes de tu vagina, así que míralo por el lado positivo, no hay tensión que por bien no venga.

Finalmente, y para no aburriros, el asunto de cuánto tarda en llenarse una copa. Pues dura mucho. Pero mucho, mucho. Obviamente, cada mujer es un mundo, pero en mi caso, que soy de las que los primeros días no daba abasto con los tampones, con la copa sólo tengo que cambiarla al levantarme, a medio día y a última hora. Si algo bueno tiene esto es que eres totalmente consciente de lo que es realmente la menstruación. No te desangras, como puedes pensar viendo tus compresas de noche. La verdad es que no se sangra tanto –siempre habla en términos generales, que hay mujeres para todo, especialmente si ya han sido mamás…-.

En definitiva, la copa menstrual intimida, rompe nuestros esquemas mentales, nos lleva a pensar en que significa salir de ese falso estado del bienestar construido por los tampones de usar y tirar, pero no es cierto. Quizás no sea lo más adecuado para ti, pero si no lo pruebas nunca lo vas a saber, y quién sabe, a lo mejor descubres que es mucho mejor de lo que habías probado hasta ahora…  

(Texto escrito para el blog de Ruby Cup)