Entrar a internet a ver qué se cuece en el mundo, echar un vistazo a la portada de los principales diarios y quedar clavado en una imagen. Esa imagen. Te es familiar. Es un lugar de ensueño pero tú, si tú, tú has estado allí. Eso es viajar.
En mi último post trataba de explicar mis sensaciones y sentimientos respecto a mi último viaje a los campamentos de refugiados de saharauis. Dos semanas después me encuentro sentada en una cafetería con wifi, mirando al mar, leyendo el periódico y viajando de nuevo a un lugar que me hizo perder el aliento: el salar de Uyuni, en Bolivia.
Los que me conozcan saben que soy una pequeña Homero, que hablo de mis viajes como grandes hazañas y vivencias extraordinarias. Cualquiera que me escuche puede pensar que Los viajes de Gulliver son una patochada al lado de lo que yo he vivido con mi mochila al hombro.
Sinceramente, no creo que mis experiencias sean mucho más increíbles que las de cualquier otro amante de los viajes, pero aún así lo son, y eso es lo que perdura en el tiempo.
Si algo he aprendido con los años es que viajar es más que hacer turismo, es empaparse de otras culturas, abrir el corazón a personas totalmente distintas a ti, ponerte al límite en algunos casos y sobre todo, darte cuenta de que tu mundo es mucho más pequeño de lo que crees y que el planeta es mucho más grande de lo que piensas.
No voy a ponerme a explicar mi viaje por Bolivia y Perú con 21 añitos -hace ya unos cuantos-, pero os dejo una foto para que podáis creerme, porque sí, yo estuve en ese maravilloso salar en el altiplano boliviano y eso, amigos, eso me hace grande.
Porque escribir relaja, entretiene, libera la mente, ayuda a reflexionar. Porque leer relaja, entretiene, libera la mente, ayuda a reflexionar y te enseña cosas. Y, sin andarnos por las ramas, porque es aburrido no quejarse... y mucho menos en los tiempos que corren
martes, 19 de mayo de 2015
Viajar te hace grande
lunes, 4 de mayo de 2015
Llorar de nuevo
Hace unas horas regresé de los campamentos de refugiados saharauis y tengo miedo de salir a la calle. Tengo miedo de volver a perder las palabras, a sentir una fuerte presión en el pecho, a darme cuenta de lo injusto que es el mundo. En definitiva, tengo miedo de volver a llorar.
Todo comenzó en 2008, cuando por algún motivo que ya no recuerdo descubrí que había refugiados que vivían en la hamada, la parte más inhóspita del desierto argelino y que España era responsable de ello en parte. Ese año mi interés por este caso aumentó hasta el punto de que me animé a viajar allí, necesitaba conocer a esas personas a las que mi país parecía haber olvidado.
Ese viaje me cambió la vida.
Después de algo más de una semana, cuando regresé no era capaz de expresar con palabras todo lo que había vivido. No podía encontrar calificativos para describir la hospitalidad de esa gente. De repente sólo podía llorar, de pena, de alegría, pero lo único que mi cuerpo me permitía era eso, llorar.
Han pasado los años y mi vinculación con el pueblo saharaui ha aumentado. Ya no son desconocidos, sino que forman parte de esa lista de contactos a los que te apetece escribir para felicitar el año nuevo. Son esas personas que aparecen por tu mente, aunque sea un segundo, y te hacen esbozar una sonrisa.
Hace unas semanas, un grandísimo amigo me propuso para acompañarle y ayudar con la comunicación del Festival Internacional de Cine y Derechos Humanos FiSahara. Ni lo pensé. Sólo pude gritar un sí tan fuerte que la gente que cruzaba el paso de cebra a la vez que yo no paraba de mirarme.
Volamos a Tinduf el 28 de abril. Ese mismo martes nos trasladamos con los casi 200 visitantes hasta Dajla, casi en la frontera de Argelia con Mauritania. Nos ubicamos con la increíble familia de Maimaja, dormimos unas pocas horas y nos pusimos a manos a la obra.
Han sido cinco días de locos en los que han surgido todo tipo de problemas logísticos, como no podía ser de otra manera -he de recordar que estábamos trabajando en un campamento de refugiados-. Sin embargo, y esa es la magia del pueblo saharaui, es que gracias a su ritmo pausado, por no decir inexistente, consiguen soluciones. Gracias a los saharauis que estaban allí para ayudarnos -aunque ahora ya podría decir que nosotros hemos sido quienes hemos echado una mano, porque sin ellos habría sido imposible-, hemos vivido un festival de cine y mucho más en pleno desierto del Sáhara.
Este viaje no ha sido como aquel de hace siete años. Esta vez ya sabía lo que había, he ido con ganas de trabajar y con ilusión por volver a convivir con nuestros hermanos saharauis. Quizás he echado en falta tener un poco más de tiempo para estar con ellos, tomar té, charlar sobre la vida y esas cosas que se hacen cuando el calor no te deja salir de la jaima y no tienes nada más que hacer, porque, no os olvidéis, ellos viven en un campamento de refugiados.
Sin embargo, el domingo, después de un viaje agotador para ver el muro que Marruecos construyó para alejar a los saharauis de su mar y antes de volver al aeropuerto, tuvimos unas horas 'libres' en las que volví a vivir ese Sáhara que ya conocía, pero que viviendo en occidente a veces cuesta recordar.
En esas horas volví a aislarme de todo y de todos. Volví a filosofar sobre el mundo, a criticar el orden establecido, a recordar buenos momentos, olvidar el whatsapp, las duchas y Facebook y a maravillarme por la capacidad de esas personas para ser felices.
Ayer volví a sentirme otra vez una completa idiota y hoy me da miedo salir a la calle, ver lo que somos por aquí y llorar de nuevo.
Todo comenzó en 2008, cuando por algún motivo que ya no recuerdo descubrí que había refugiados que vivían en la hamada, la parte más inhóspita del desierto argelino y que España era responsable de ello en parte. Ese año mi interés por este caso aumentó hasta el punto de que me animé a viajar allí, necesitaba conocer a esas personas a las que mi país parecía haber olvidado.
Ese viaje me cambió la vida.
Después de algo más de una semana, cuando regresé no era capaz de expresar con palabras todo lo que había vivido. No podía encontrar calificativos para describir la hospitalidad de esa gente. De repente sólo podía llorar, de pena, de alegría, pero lo único que mi cuerpo me permitía era eso, llorar.
Han pasado los años y mi vinculación con el pueblo saharaui ha aumentado. Ya no son desconocidos, sino que forman parte de esa lista de contactos a los que te apetece escribir para felicitar el año nuevo. Son esas personas que aparecen por tu mente, aunque sea un segundo, y te hacen esbozar una sonrisa.
Hace unas semanas, un grandísimo amigo me propuso para acompañarle y ayudar con la comunicación del Festival Internacional de Cine y Derechos Humanos FiSahara. Ni lo pensé. Sólo pude gritar un sí tan fuerte que la gente que cruzaba el paso de cebra a la vez que yo no paraba de mirarme.
Volamos a Tinduf el 28 de abril. Ese mismo martes nos trasladamos con los casi 200 visitantes hasta Dajla, casi en la frontera de Argelia con Mauritania. Nos ubicamos con la increíble familia de Maimaja, dormimos unas pocas horas y nos pusimos a manos a la obra.
Han sido cinco días de locos en los que han surgido todo tipo de problemas logísticos, como no podía ser de otra manera -he de recordar que estábamos trabajando en un campamento de refugiados-. Sin embargo, y esa es la magia del pueblo saharaui, es que gracias a su ritmo pausado, por no decir inexistente, consiguen soluciones. Gracias a los saharauis que estaban allí para ayudarnos -aunque ahora ya podría decir que nosotros hemos sido quienes hemos echado una mano, porque sin ellos habría sido imposible-, hemos vivido un festival de cine y mucho más en pleno desierto del Sáhara.
Este viaje no ha sido como aquel de hace siete años. Esta vez ya sabía lo que había, he ido con ganas de trabajar y con ilusión por volver a convivir con nuestros hermanos saharauis. Quizás he echado en falta tener un poco más de tiempo para estar con ellos, tomar té, charlar sobre la vida y esas cosas que se hacen cuando el calor no te deja salir de la jaima y no tienes nada más que hacer, porque, no os olvidéis, ellos viven en un campamento de refugiados.
Sin embargo, el domingo, después de un viaje agotador para ver el muro que Marruecos construyó para alejar a los saharauis de su mar y antes de volver al aeropuerto, tuvimos unas horas 'libres' en las que volví a vivir ese Sáhara que ya conocía, pero que viviendo en occidente a veces cuesta recordar.
En esas horas volví a aislarme de todo y de todos. Volví a filosofar sobre el mundo, a criticar el orden establecido, a recordar buenos momentos, olvidar el whatsapp, las duchas y Facebook y a maravillarme por la capacidad de esas personas para ser felices.
Ayer volví a sentirme otra vez una completa idiota y hoy me da miedo salir a la calle, ver lo que somos por aquí y llorar de nuevo.
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martes, 14 de abril de 2015
Historias muy humanas en un mundo cada vez más inhumano
Vivimos
en un mundo cada vez menos humano, pero por suerte a veces somos testigos de
historias muy humanas. Tan humanas que no deberían enternecernos y sin embargo
lo hacen.
Ayer
llegó un email a la oficina de un lector del principal periódico del grupo en
el que estoy trabajando ahora. No se trata de un hecho aislado ni mucho menos.
Todos los días los recibimos. Pero el de ayer era especial.
El
remitente nos contaba que era un fiel comprador del diario, todos los días se
hace con un ejemplar y termina entreteniéndose con su crucigrama. Pues bien,
este querido lector se quejaba de que uno de estos últimos días no había podido
comprar el periódico y por ese motivo no tenía el resultado del crucigrama del
día anterior. Necesitaba ese ejemplar, necesitaba completar su crucigrama.
La
compañera que leyó el mail no pudo por menos que leérnoslo en voz alta. Todos
comentamos lo entrañable de la cuestión. Es más, tanto enterneció a los
presentes que el asunto del mail ha llegado a traspasar los muros de la
oficina, ha llegado a oídos de nuestros grupos de amigos y familiares. Y todas
las reacciones son iguales: todo el mundo quiere que este adorable lector
reciba su periódico perdido.
Llegado
este punto, habrá quienes penséis que somos un poco sensibleros de más (o
gilipollas, como prefieras), o que estamos demasiado aburridos y este tipo de
cosas son las que nos alegran los días de trabajo. Puede ser la primera opción,
quizás lo sea la segunda, o pueden ser ambas –también puede no ser ninguna-.
Pero lo cierto es que esta pequeña historia ha conseguido sacar nuestro lado
más humano, recordar que disfrutar de los pequeños placeres es algo que está al
alcance de todos pero muy pocos lo hacemos.
Este
tipo de ‘microrelato’ ha hecho que por un momento olvide los temas frustrantes
de los que suelo hablar en este blog. Ha logrado que deje de lado el hater que hay en mí. Ha hecho que me
siente a escribir con una sonrisa. Y eso no es algo que pase a menudo.
Así
que, querido lector frustrado, desde aquí haremos todo lo que esté en nuestra
mano para que puedas terminar tu crucigrama, sobre todo porque gracias a tu
historia nuestro lunes fue mucho más humano.
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jueves, 12 de marzo de 2015
Día de la mujer superviviente
El sábado fue el Día Internacional de la Mujer (o el Día de la Mujer Trabajadora, que viene a ser lo mismo) y de repente me vi preguntando a mis padres por qué razón tenía que seguir demostrando todos los días que soy una profesional, tan buena o más que los hombres que me rodean.
Hasta hace poco sentía que el machismo en el entorno laboral era algo que a mi ya no me tocaba. Durante mis años de formación había estado siempre codo con codo con chicos y nunca me había sentido inferior o puesta en duda. Al contrario, siempre me he sentido valorada y respetada.
Sin embargo, ahora que he entrado de lleno al mundo laboral, me doy cuenta de que como mujer, tengo que estar todo el día cantando mi currículo vitae para que mi interlocutor sea capaz de comprender mi grado de preparación.
Lo cierto es que aún sigue poniéndose en duda, continuamente, la capacidad de las mujeres en según que puestos de trabajo. Algo que no ocurre con los hombres. Si un hombre desempeña un trabajo, está socialmente aceptado que es porque está preparado para ello. Lo mismo sucede si una mujer dice que es ama de casa, se entiende que se le va a dar bien. ¿Qué pasaría si fuera al revés? ¿Si una mujer trabaja y su pareja cuida del hogar? Locurón: él es un calzonazos y ella se equivoca por no centrarse en su familia. ¿No?
Quiero pensar que todo esto irá cambiando poco a poco, que esas ideas absurdas de la preparación innata de hombres o mujeres para determinadas labores terminarán desapareciendo, pero no será ya, sobre todo porque muchos/as ya creen que hemos alcanzado la igualdad.
Yo misma lo pensaba hasta hace muy poco. Pero no, no es así, seguimos batallando por los mismos derechos (y obligaciones) dentro de una sociedad profundamente patriarcal y machista, que ve a las mujeres como seres sensibles y llorones, que se rigen más por emociones que otra cosa. Obviamente, nada de lo anterior es cierto, o al menos, no para todas. Yo no soy así. Mi madre, que es ama de casa, tampoco lo es. Mi abuela que fue... todo, tampoco.
Lo más curioso es que a lo largo de la historia, las mujeres han sido las que, en tiempos de guerra, se han arremangado para hacer lo que ningún hombre hacía: cuidar enfermos, preparar material bélico, organizar alimentos... Todo eso sin perder los modales, sin desmoronarse por el riesgo que corrían sus familias, sin quejarse por no tener nada que comer.
La mujer es la gran superviviente de la historia. Ella creó la que llaman "la profesión más antigua del mundo", se prostituyó para sobrevivir, dejó la dignidad de lado por unas monedas y nunca juzgó a la bestia que compraba su cuerpo. No se vengó.
Quizás ya ha llegado el momento de dar la vuelta a la tortilla, de dejar de excusarnos y "comprender" ciertas actitudes profundamente machistas que la sociedad tolera, de denunciar y de exalzar nuestra dignidad, que ya va siendo hora.
Hasta hace poco sentía que el machismo en el entorno laboral era algo que a mi ya no me tocaba. Durante mis años de formación había estado siempre codo con codo con chicos y nunca me había sentido inferior o puesta en duda. Al contrario, siempre me he sentido valorada y respetada.
Sin embargo, ahora que he entrado de lleno al mundo laboral, me doy cuenta de que como mujer, tengo que estar todo el día cantando mi currículo vitae para que mi interlocutor sea capaz de comprender mi grado de preparación.
Lo cierto es que aún sigue poniéndose en duda, continuamente, la capacidad de las mujeres en según que puestos de trabajo. Algo que no ocurre con los hombres. Si un hombre desempeña un trabajo, está socialmente aceptado que es porque está preparado para ello. Lo mismo sucede si una mujer dice que es ama de casa, se entiende que se le va a dar bien. ¿Qué pasaría si fuera al revés? ¿Si una mujer trabaja y su pareja cuida del hogar? Locurón: él es un calzonazos y ella se equivoca por no centrarse en su familia. ¿No?
Quiero pensar que todo esto irá cambiando poco a poco, que esas ideas absurdas de la preparación innata de hombres o mujeres para determinadas labores terminarán desapareciendo, pero no será ya, sobre todo porque muchos/as ya creen que hemos alcanzado la igualdad.
Yo misma lo pensaba hasta hace muy poco. Pero no, no es así, seguimos batallando por los mismos derechos (y obligaciones) dentro de una sociedad profundamente patriarcal y machista, que ve a las mujeres como seres sensibles y llorones, que se rigen más por emociones que otra cosa. Obviamente, nada de lo anterior es cierto, o al menos, no para todas. Yo no soy así. Mi madre, que es ama de casa, tampoco lo es. Mi abuela que fue... todo, tampoco.
Lo más curioso es que a lo largo de la historia, las mujeres han sido las que, en tiempos de guerra, se han arremangado para hacer lo que ningún hombre hacía: cuidar enfermos, preparar material bélico, organizar alimentos... Todo eso sin perder los modales, sin desmoronarse por el riesgo que corrían sus familias, sin quejarse por no tener nada que comer.
La mujer es la gran superviviente de la historia. Ella creó la que llaman "la profesión más antigua del mundo", se prostituyó para sobrevivir, dejó la dignidad de lado por unas monedas y nunca juzgó a la bestia que compraba su cuerpo. No se vengó.
Quizás ya ha llegado el momento de dar la vuelta a la tortilla, de dejar de excusarnos y "comprender" ciertas actitudes profundamente machistas que la sociedad tolera, de denunciar y de exalzar nuestra dignidad, que ya va siendo hora.
miércoles, 11 de febrero de 2015
De repente
Pasa de repente, cuando menos te lo esperas, o mejor dicho, cuando ya no esperas nada.
Un día te despierta una llamada al móvil. "¡Buenos días! ¡¿Estabas durmiendo aún?! Venga, pues levántate, pon bonito tu currículo y pásamelo". Alguien -quizás un amigo, o tal vez sólo un conocido- se ha acordado de ti.
Sin embargo, eso queda ahí. Agradeces el gesto, te aseguras de quedar con esa persona para tomar un café/cerveza/cena, pero desde tu foro interno sabes que ese documento no va a llevarte a nada. Y es precisamente en ese momento cuando vuelve a sorprenderte el teléfono.
Una nueva llamada. Semanas después, cuando te has preocupado de ocuparte en mil historias para no tener tiempo libre y sentirte un miserable por no estar trabajando -véase cursos varios-, una voz al otro lado del aparato te pregunta si eres quién dice el currículo que tiene en las manos. "Sí, soy yo... y sí, sigo sin trabajo... Claro, claro que me interesa, ¿cuándo?...".
Y ¡zas! Otra vez en marcha. De nuevo sientes ese cosquilleo a la altura de la boca del estómago, una vez más tienes que enfundarte la americana de persona seria y sentir que tienes toda la fuerza del mundo para empezar en algo distinto y totalmente nuevo. Aunque solo sea una prueba; da igual que no llegue a nada más; lo importante es que de repente sientes que sigues viva.
Un día te despierta una llamada al móvil. "¡Buenos días! ¡¿Estabas durmiendo aún?! Venga, pues levántate, pon bonito tu currículo y pásamelo". Alguien -quizás un amigo, o tal vez sólo un conocido- se ha acordado de ti.
Sin embargo, eso queda ahí. Agradeces el gesto, te aseguras de quedar con esa persona para tomar un café/cerveza/cena, pero desde tu foro interno sabes que ese documento no va a llevarte a nada. Y es precisamente en ese momento cuando vuelve a sorprenderte el teléfono.
Una nueva llamada. Semanas después, cuando te has preocupado de ocuparte en mil historias para no tener tiempo libre y sentirte un miserable por no estar trabajando -véase cursos varios-, una voz al otro lado del aparato te pregunta si eres quién dice el currículo que tiene en las manos. "Sí, soy yo... y sí, sigo sin trabajo... Claro, claro que me interesa, ¿cuándo?...".
Y ¡zas! Otra vez en marcha. De nuevo sientes ese cosquilleo a la altura de la boca del estómago, una vez más tienes que enfundarte la americana de persona seria y sentir que tienes toda la fuerza del mundo para empezar en algo distinto y totalmente nuevo. Aunque solo sea una prueba; da igual que no llegue a nada más; lo importante es que de repente sientes que sigues viva.
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