Hace meses, cuando la crisis ya dejó de ser una noticia y empezó a ser el azote de muchas familias e individuos en España, empecé a darme cuenta de un fenómeno, que no es nuevo en la historia pero sí para mí.
A menudo carecemos de empatía (de hecho carecemos de empatía casi siempre) y no somos capaces de ver más allá de una cartilla del banco en números rojos, un deshaucio o un aumento indiscriminado de los parados que empiezan a quedarse sin apoyos económicos.
Todo eso no sólo afecta en lo visible de la vida cotidiana, sino en lo más profundo de todos los que lo viven, en sus estados anímicos y psicológicos.
Ya comenté en su día mis sensaciones al sentirme absolutamente inutil dentro de la sociedad y, lo que es peor, al no poder hacer nada para remediarlo. Pero cada día que pasa miro a mi alrededor y contemplo horrorizada que cada vez es peor.
Los políticos hablan todo el rato de dinero, trabajo, agencias de calificación y, para variar, se echan la culpa unos a otros. Sin embargo, muy pocas veces he oído a ninguno preocuparse de verdad sobre la situación real de los afectados por la crisis.
Para los chinos, el año del dragón (en el que estamos) es un año de incertidumbre y cambio y sólo espero que esas dudas ante lo que se viene y esos cambios no sean a peor sino a algo mucho mejor.
Es la primera vez que siento que la pena se cierne sobre todos. Aun estando en un buen momento profesional, tengo un sentimiento de angustia en el fondo de mi ser siempre que pienso en el futuro. Como yo, la mayoría de la gente que me rodea, de una forma u otra comienza a exteriorizar un nerviosismo que ha permanecido oculto durante los primeros años de recesión.
No quiero ser negativa, porque como ya he dicho, tengo la esperanza de que las cosas empiecen a mejorar para todos. Sin embargo, creo que hoy, más que nunca, tenemos que EMPATIZAR (sí, con mayúsculas). Tenemos que tender un brazo y poner el hombro al que está junto a nosotros, no solo porque en cualquier momento necesitaremos lo mismo, sino porque más que el dinero, las personas necesitamos tener esperanza.
Porque escribir relaja, entretiene, libera la mente, ayuda a reflexionar. Porque leer relaja, entretiene, libera la mente, ayuda a reflexionar y te enseña cosas. Y, sin andarnos por las ramas, porque es aburrido no quejarse... y mucho menos en los tiempos que corren
jueves, 23 de febrero de 2012
lunes, 30 de enero de 2012
Reencontrándome
Han cambiado las tornas.
Hace unos meses escasos me quejaba del exceso de tiempo libre del que disponía. Ironías de la vida (o el mismo curso de ella), ahora no tengo tiempo ni para pensar, para pensar y poder sacar algo en claro para rellenar este espacio (mi blog, mi medio).
La idea de crear este blog no fue otra que poner por escrito, tratar de materializar a través de las palabras, mis inquietudes. Pasaba horas reflexionando sobre mi mundo, el de los demás y el común. Me fascinaba (y lo sigue haciendo, desde luego) comprobar como al final todo estaba interrelacionado. Pero, lo más importante, me alegraba al comprobar que más tarde o más temprano todo el mundo tiene lo que merece, lo que trabaja, lo que sufre, lo que llora…
Para bien o para mal, sigo pensando que, a pesar del momento que vivimos, a pesar de ese suspense continuo en el que nos sentimos por la incertidumbre económica, y a pesar de que cada vez seamos más individualistas y solitarios, al final nos encontramos. Nos encontramos a nosotros mismos en medio del huracán, nos encontramos frente a los otros que pelean por encontrarse.
Y de pronto todo tiene sentido.
Quizás estoy viviendo un momento tan bueno que soy incapaz de mostrarme más pesimista. Reconozco que no puedo ser objetiva porque hace muy poco tiempo que me he vuelto a encontrar. Pero también reconozco que me asusta.
Aunque diluvie y el río se salga de su cauce, éste siempre vuelve a su recorrido habitual, sin embargo eso no le exime de una futura nueva inundación. Siempre queda ese miedo a que vuelva a llover, pero creo que cada uno debemos aprovechar los momentos en los que el cielo descampa para cerrar el paraguas y mirar directamente al sol.
lunes, 28 de noviembre de 2011
Batallas vencidas
La Navidad ha llegado de pronto (o mejor dicho, el consumismo navideño) y con ella un año más que termina. Sin embargo tengo la sensación de que el 2011 ha sido y está siendo aún, uno de los años más intensos de toda mi vida.
Con eso no me refiero sólo a mi mundo personal, sino a ese que comparto con todos vosotros y con todos aquellos que no leen este blog. Hacía muchos años que no se percibía acontecimientos tan asombrosamente esperanzadores contra los sistemas establecidos. De pronto hemos sido testigos de que el ser humano, aparentemente dormido y aletargado, no lo está tanto.
Primero un “pequeño” levantamiento de saharauis (lamentablemente los eternos reivindicadores) en el Aiun, dentro de los territorios ocupados por Marruecos. Parece que este hecho es algo aislado, y de hecho hoy nadie lo menciona como un inicio de la consiguiente Primavera Árabe.
Uno tras otro, millones de ciudadanos bajo el yugo de dictaduras han dicho basta y han conseguido cambiar cosas.
Aquí en España también se alzaron las voces. En un país acomodado, donde desde la transición parece que todo lo que se venía encima era acatado y padecido en el silencio del núcleo familiar. Un grupo de gente que entendía las ganas del resto, organizó en un tiempo sorprendentemente corto, una de las mayores movilizaciones que se recuerdan en nuestro país y cuyo día pasará ya a la historia: 15M.
No voy a entrar en detalles que todos conocéis, no trato de hacer un resumen de los acontecimientos vividos. Sino recordarlo. Porque últimamente y, desgraciadamente, hace ya tiempo, las noticias giran en torno a lo mismo, a esta maldita crisis.
Nos hacen olvidar todo lo movido. Nos atemorizan y desconciertan y lo cierto es que desde abajo poco podemos hacer. Sin embargo lo hemos hecho. Hemos sido valientes y aunque esto no es más que el principio, ahí estamos, y juntos podremos continuar.
En cuanto a mí, sin entrar en detalles, digamos que he vivido un año de batallas, tanto internas como externas. 2011 ha sido un año de reflexión y enfado, reducción de la velocidad de mi vida y reforzamiento de mí como Persona (lo pongo con mayúscula porque esta palabra ha perdido el valor tan importante que representa).
Mis padres me dijeron en mi cumpleaños que tenían la impresión de que este año lo recordaría, para el resto de mi vida, con ilusión y aun quedando algo más de un mes para abordar este próximo 2012, puedo decir que tenían razón.
Todos enfrentamos batallas, pero la clave, al final, es tener la certeza de que se pueden vencer. Es difícil tener la sangre fría y no salir corriendo, pero con valor se puede llegar muy lejos y vosotros y yo de momento, algo ya hemos hecho.
Feliz final de 2011…
sábado, 1 de octubre de 2011
Sé que pasará
Ayer fue mi último día de prácticas y siento un sabor agridulce. Una vez más un “tú vales mucho, no te preocupes, algo saldrá”, es la coletilla que acompaña mi despedida.
Tres meses, miles de palabras, cientos de sonrisas y un montón de buenos recuerdos. Al final, tengo la suerte de conservar lo mejor de las vivencias que vivo. Hoy no podría enumerar un solo momento lo suficientemente complicado como para recordarlo como amargo.
Buenos momentos y buena gente, o al menos la gran mayoría.
Sin embargo, aunque siento, en lo más profundo de mi ser, que, como dice mi madre, nada pasa porque sí, sino porque es necesario para que suceda algo distinto, vuelvo a darme cuenta de que otra puerta se ha cerrado.
Sé que no he perdido la guerra, porque soy dura de roer, pero sí he perdido la batalla. Otra vez.
La verdad es que lo que dice mi madre suele ser cierto, así que supongo que soy una chica afortunada y, si este verano ha sido bueno, lo que venga será aún mejor. Pero esta inseguridad me crea una congoja que me asusta. Otra vez vuelvo a pensar con preocupación en qué pasará mañana.
La gente que me quiere me asegura que no tengo de qué preocuparme, que poco a poco todo lo que busco irá apareciendo, pero hoy no. Hoy no lo siento así. Hoy sólo vuelvo a sentir, que aunque, como me dijo una compañera en el periódico, “¿dónde van a encontrar una chica como tú?”, no parece que las chicas como yo sean las más demandadas y vuelvo a estar igual, bajo el cobijo de los que me quieren y el calor de las palabras de ánimo.
Sé que pasará, y capearé con soltura lo que esté por venir, pero de nuevo, por unos instantes me vengo abajo y tiemblo, porque no puedo imaginar una vida en la que no pueda hacer lo que sé, desde hace ya mucho tiempo que tengo que hacer.
Lo más duro de los tiempos en los que vivimos, a parte de la situación económica que tienen muchas familias, es la incapacidad que tiene el individuo para desarrollar su vocación. Que intuya desde lo más hondo de su corazón, que por mucho que trabaje, el resto de su vida va a ser infeliz, por no poder cumplir con la labor que su alma le dice que debe realizar.
Sé que pasará, y espero equivocarme con lo que siento ahora, porque no quiero una vida sin un propósito, sin un fin. Así que tendré que levantar la cabeza, mirar hacia adelante y cruzar el temporal, aunque en el camino me rasguñe, porque cualquier herida, no será lo suficientemente profunda como para no cicatrizar en el transcurso de una vida feliz.
martes, 13 de septiembre de 2011
Se termina el verano, otra vez
Yo no he tenido vacaciones reales, porque, de hecho, he estado trabajando de becaria. Pero aun así tengo de sentimiento de “game over” que no se separa de mí.
Es curioso, porque cualquiera que piense en estos tres meses, seguro que recuerda, en primer lugar, esas semanitas de escapada con la pareja, el grupo de amigos o la familia. Sin embargo yo tengo un regusto muy agradable a lo largo de todo el verano.
Mi tiempo en la redacción no podría haber sido mejor. Corto pero intenso y, sobre todo, muy productivo, tanto a nivel profesional, como emocional. Ya puedo decir que he conocido a gente que se ha ganado un huequito en mi vida, y otros que si no lo han hecho así, sí lo han conseguido en mi listado de gente con la que me apetece toparme algún día por Madrid y preguntarles como les está tratando la vida.
Por otro lado, ¿quién quiere una semana o dos o tres (o más quién pueda) de vacaciones pudiendo tener “mini-breaks” todos los fines de semana.
Hace un par de meses comentaba encantada la opción de pasar el verano en Madrid, para mí algo totalmente novedoso. Pero al final no he parado. He estado en levante, en el cantábrico, en mi pueblo, en otras ciudades (no puedo sino mentar la Feria, sí amigos manchegos, este año lo he pasado aun mejor que la última vez y sintiéndolo por mis anfitriones, creo que tendré que seguir yendo…) y hasta en la Warner.
He vivido en un único verano sensaciones que alternaba años atrás. Antes me daba pereza moverme, ante la posibilidad de disfrutar más tiempo de un sitio, de la gente. Pero esta vez he podido ver a muchos amigos, reencontrarme con otros tantos y disfrutar de muchas fiestas.
También es cierto que no todo es tan maravilloso. Cada domingo o lunes que volvía a Madrid tenía ese sentimiento de vacío que te queda cuando te separas de alguien con el que has compartido grandes momentos. Cada domingo o cada lunes tenía ese pequeño “síndrome post vacacional” del que hablan los expertos. Y cada domingo o cada lunes soñaba con los días, escasos pero tan inigualables que viví.
Aun quedan unas semanitas y seguiré disfrutando así del verano. Pero tenía que agradecer a todos esos que me han acompañado en los días de escapada, tanto del norte como del sur, los de siempre y los más nuevos. Porque este, sin duda, es ya uno de los mejores veranos de mi vida.
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