Ha llegado la hora de perdonarme.
En los últimos meses he estado trabajando en redescubrirme, en saber quién soy o lo que quiero llegar a ser, en mirar al pasado sin miedo y afrontar el dolor. Abrí la caja de Pandora de las cosas feas que estaba guardada en lo más profundo de mi ser y revolví entre la mierda.
Desde entonces he llorado. He llorado mucho, pero no por tristeza, sino por no parar de castigarme. En mis 28 años de vida, por primera vez he sido consciente del alto grado de exigencia que he generado para conmigo misma y que me ha llevado a normalizar hábitos dañinos que han llegado a atormentarme.
La autoexigencia han sido los culpables de que haya tirado la toalla, a veces, demasiado pronto. Cuando veía que no iba jamás a alcanzar la perfección en el ámbito de turno -deporte, educación, arte...- lo abandonaba repitiéndome excusas vacías que se convertían en reales. "No no, eso no puedo hacerlo, tengo vértigo". "Esto no me divierte en absoluto, no voy a hacerlo más". MENTIRAS. Mentiras que a base de repetirlas se convierten en verdades.
Es una pena llegar a darse cuenta de todo esto, pero creo que no es tarde. Creo que puedo aprender a perdonarme, igual que aprendí a hacerlo con los que me han hecho daño a lo largo de mi vida. Voy a aprender a perdonarme. Quiero perdonarme.
Porque escribir relaja, entretiene, libera la mente, ayuda a reflexionar. Porque leer relaja, entretiene, libera la mente, ayuda a reflexionar y te enseña cosas. Y, sin andarnos por las ramas, porque es aburrido no quejarse... y mucho menos en los tiempos que corren
viernes, 11 de diciembre de 2015
lunes, 9 de noviembre de 2015
Vivir es actitud
Quizás no tenga un sentimiento muy intenso de pérdida, porque lo cierto es que en los últimos años no tuve una relación muy estrecha con él, pero hoy siento una tristeza tal con la que no consigo parar de llorar. Ayer perdimos a mi primo Isma. Ayer perdimos a alguien que no debía marchar. Ayer perdimos a una de las personas con más ganas de vivir que he conocido nunca.
Tenía 20 años. Era mi primo pequeño de la familia de mi padre, el único más pequeño que yo por ese lado, el más pequeño de todos los Alonso.
Isma nació cargando ya con la enfermedad en su corazón -por no entrar a describir con un intento de términos que desconozco lo que le ocurría exactamente-. Cuando nació en Valladolid fue inmediatamente enviado a La Paz, y ese hospital se convirtió en su segunda casa.
Lo más curioso de todo, es que, a pesar de estar ingresado cada dos por tres, de tener un ritmo de vida muy lejos del que le tocaba por su edad, de ser consciente del dolor de su madre, su madre y sus hermanas por el desarrollo de su enfermedad, a pesar de todo eso Isma era tremendamente optimista. Era tan optimista que irradiaba luz. Era tan optimista que cualquiera que tuviera ocasión de conocerle se quedaba prendado de él.
Quería ser periodista -al menos hace algunos años- y, ¿humorista? Claro que sí. Aunque eso ya lo era, porque en ese optimismo, en esa búsqueda constante del lado bueno de las cosas, desarrolló una excelente capacidad para contar chistes y hacer pequeños monólogos.
No voy a entrar a describirle, porque, aunque me da pena, reconozco que no le conocía tanto, pero para quienes lean esto y no lo conozcan de nada, necesitaba ponerles en situación.
Pues bien, a pesar de ser un tipo especial como ninguno, con una vitalidad fuera de lo normal y una valentía inconmensurable para decidir someterse a un trasplante de corazón en el delicado estado en que ya estaba, lo hizo. Isma luchó como nadie. Aún sabiendo los riesgos, porque los conocía y le asustaban mucho, pero no lo suficiente como para no intentarlo.
No salió como todos esperábamos.
Su muerte ha sido un mazazo para toda una familia y un pueblo que estaba convencido de que, como en otras ocasiones, Isma podría ganar. No fue así, ¿o sí?
Una plaza llena de gente ha sido la muestra de que en realidad Isma de alguna manera sí que ha vencido. Su lucha no ha sido en vano. Nos ha enseñado a todos que vivir es una actitud y él rebosaba actitud. Por eso todos hemos querido despedirle.
Siento haber pensado que podría conocerle durante más tiempo y no haberle prestado toda la atención que merecía. Lo siento en lo más profundo de mi ser. Pero hoy, como a veces, aunque no muchas, me he sentido orgullosa de alguien de mi sangre. Hoy me he maravillado de su fuerza y de la de su madre, padre y hermanas -y hermanos políticos, aunque no me gusta incluir político en algo tan bello como la familia- y me he avergonzado por esos problemas tontos que a veces nos hacen no ver lo afortunados que somos.
Yo escribo y hasta ahora no sabía que decir, por eso me he obligado a vomitar los pensamientos que llevan horas aplastándome el cerebro, esos que agotan, que provocan malestar. Lo he hecho porque es lo mínimo que puedo hacer ya a estas alturas.
Isma, este post es para ti, se me ha echado el tiempo encima para hacerte un hueco, pero ya está. De hecho, siempre estarás.
Tenía 20 años. Era mi primo pequeño de la familia de mi padre, el único más pequeño que yo por ese lado, el más pequeño de todos los Alonso.
Isma nació cargando ya con la enfermedad en su corazón -por no entrar a describir con un intento de términos que desconozco lo que le ocurría exactamente-. Cuando nació en Valladolid fue inmediatamente enviado a La Paz, y ese hospital se convirtió en su segunda casa.
Lo más curioso de todo, es que, a pesar de estar ingresado cada dos por tres, de tener un ritmo de vida muy lejos del que le tocaba por su edad, de ser consciente del dolor de su madre, su madre y sus hermanas por el desarrollo de su enfermedad, a pesar de todo eso Isma era tremendamente optimista. Era tan optimista que irradiaba luz. Era tan optimista que cualquiera que tuviera ocasión de conocerle se quedaba prendado de él.
Quería ser periodista -al menos hace algunos años- y, ¿humorista? Claro que sí. Aunque eso ya lo era, porque en ese optimismo, en esa búsqueda constante del lado bueno de las cosas, desarrolló una excelente capacidad para contar chistes y hacer pequeños monólogos.
No voy a entrar a describirle, porque, aunque me da pena, reconozco que no le conocía tanto, pero para quienes lean esto y no lo conozcan de nada, necesitaba ponerles en situación.
Pues bien, a pesar de ser un tipo especial como ninguno, con una vitalidad fuera de lo normal y una valentía inconmensurable para decidir someterse a un trasplante de corazón en el delicado estado en que ya estaba, lo hizo. Isma luchó como nadie. Aún sabiendo los riesgos, porque los conocía y le asustaban mucho, pero no lo suficiente como para no intentarlo.
No salió como todos esperábamos.
Su muerte ha sido un mazazo para toda una familia y un pueblo que estaba convencido de que, como en otras ocasiones, Isma podría ganar. No fue así, ¿o sí?
Una plaza llena de gente ha sido la muestra de que en realidad Isma de alguna manera sí que ha vencido. Su lucha no ha sido en vano. Nos ha enseñado a todos que vivir es una actitud y él rebosaba actitud. Por eso todos hemos querido despedirle.
Siento haber pensado que podría conocerle durante más tiempo y no haberle prestado toda la atención que merecía. Lo siento en lo más profundo de mi ser. Pero hoy, como a veces, aunque no muchas, me he sentido orgullosa de alguien de mi sangre. Hoy me he maravillado de su fuerza y de la de su madre, padre y hermanas -y hermanos políticos, aunque no me gusta incluir político en algo tan bello como la familia- y me he avergonzado por esos problemas tontos que a veces nos hacen no ver lo afortunados que somos.
Yo escribo y hasta ahora no sabía que decir, por eso me he obligado a vomitar los pensamientos que llevan horas aplastándome el cerebro, esos que agotan, que provocan malestar. Lo he hecho porque es lo mínimo que puedo hacer ya a estas alturas.
Isma, este post es para ti, se me ha echado el tiempo encima para hacerte un hueco, pero ya está. De hecho, siempre estarás.
martes, 3 de noviembre de 2015
Reír
Es curioso cómo nos olvidamos de las cosas más cotidianas y ni las echamos de menos.
Hace dos días Hugo -mi pareja- me miró sorprendido y sonriendo mientras me reía a carcajadas viendo una película. No era la más divertida, ni si quiera era lo suficientemente mala como para que me hiciera gracia. Era una comedia, sin más. "Nunca te había oído reír de esa forma", me dijo mientras él también sonreía.
Ayer tuve un ataque de risa. También con él o gracias a él, aún no lo sé. Pero lo cierto es que hacía años que no me pasaba.
Por cosas de la vida -o la vida misma, que es compleja de narices- hace tiempo que no soy la "niña risueña" que mi madre dice que era. Fui así y ya no lo soy -no lo era-. Creía que esa seriedad era fruto de ver y vivir la crueldad en las personas, de sentir la violencia del drama ajeno, de mirar más allá de la zona iluminada. Creía que era madurar.
Sin embargo, yo era consciente de que no todo podía ser de repente tan gris en mi corazón. Por eso comencé a plantearme preguntas para encontrar las respuestas y, por primera vez en mucho tiempo he vuelto a olvidarme de todo y a reír como una niña.
Ayer me di cuenta de que en el fondo de mi ser sigo siendo esa niña. Cuando se me saltaban las lágrimas de la risa, cuando paraba y el simple retazo de un recuerdo inmediato me hacía volver a reír sin parar y cuando por fin fui capaz de parar y sentía dolor en el abdomen.
Yo reía y vuelvo a hacerlo. No sé si hay un solo motivo o varios pero creo que empiezo a darme cuenta de que, efectivamente, aunque haya mucha mierda en el mundo, aunque nos pasen cosas horribles, la vida es única, preciosa y, sobre todo, corta, demasiado corta para no hacerlo.
Hace dos días Hugo -mi pareja- me miró sorprendido y sonriendo mientras me reía a carcajadas viendo una película. No era la más divertida, ni si quiera era lo suficientemente mala como para que me hiciera gracia. Era una comedia, sin más. "Nunca te había oído reír de esa forma", me dijo mientras él también sonreía.
Ayer tuve un ataque de risa. También con él o gracias a él, aún no lo sé. Pero lo cierto es que hacía años que no me pasaba.
Por cosas de la vida -o la vida misma, que es compleja de narices- hace tiempo que no soy la "niña risueña" que mi madre dice que era. Fui así y ya no lo soy -no lo era-. Creía que esa seriedad era fruto de ver y vivir la crueldad en las personas, de sentir la violencia del drama ajeno, de mirar más allá de la zona iluminada. Creía que era madurar.
Sin embargo, yo era consciente de que no todo podía ser de repente tan gris en mi corazón. Por eso comencé a plantearme preguntas para encontrar las respuestas y, por primera vez en mucho tiempo he vuelto a olvidarme de todo y a reír como una niña.
Ayer me di cuenta de que en el fondo de mi ser sigo siendo esa niña. Cuando se me saltaban las lágrimas de la risa, cuando paraba y el simple retazo de un recuerdo inmediato me hacía volver a reír sin parar y cuando por fin fui capaz de parar y sentía dolor en el abdomen.
Yo reía y vuelvo a hacerlo. No sé si hay un solo motivo o varios pero creo que empiezo a darme cuenta de que, efectivamente, aunque haya mucha mierda en el mundo, aunque nos pasen cosas horribles, la vida es única, preciosa y, sobre todo, corta, demasiado corta para no hacerlo.
viernes, 23 de octubre de 2015
Psicoanálisis de mí misma
Hace semanas que peleo con las ideas preconcebidas de mí sobre mí misma. Sí, lucho con y contra mi yo real, el de verdad, la esencia ha encontrado un hueco para salir de lo más profundo del baúl, después de años y años echando basura encima, poniendo capas y capas de trastos viejos pero que me he negado a tirar y sin embargo, tampoco había vuelto a destapar.
Ha llegado ese momento y no está siendo nada fácil.
La pregunta fundamental, esa a la que he llegado tras horas de reflexiones, es la siguiente: "¿Quién soy en realidad?" O dicho de otra forma, "¿soy lo que soy o lo que creo que debo ser?"
Vivimos en un mundo en el que la mujer -hablo de lo que conozco, lo siento por el resto- tiene que ser un todo. Tiene que ser la mejor profesional, la mejor amante, madre, hermana, pareja, tía, amiga, colega... Y todo eso lo tiene que hacer bien y, entre tanto, cuidar su cuerpo, cultivar su mente y seguir las últimas series del momento. Eso, claro, si eres una mujer libre, independiente, moderna y autosuficiente.
Yo soy todo eso. ¿Lo soy o trato de serlo? ¿Trato de serlo porque quiero serlo o porque creo que es lo que debo ser?
Llevo años formándome, viajando, trabajando, conduciendo, conociendo gente, leyendo, viendo películas, haciendo punto, cocinando, yendo al gimnasio y así una lista innumerable de cosas que he convertido en hábitos de los que es muy difícil deshacerse.
Muchas de las cosas que he hecho ha sido porque he querido, he sido libre para elegir no hacerlas y las he hecho. No me arrepiento, ¿pero que haya hecho algo me convierte en ello? ¿Que haya disfrutado de viajar sola me convierte en una viajera solitaria? No lo creo.
Cuando leo mi diario de cuando tenía 15 años me doy cuenta de que he llegado a donde quería llegar. Bueno, menos a lo de trabajar como periodista. Pero, por ejemplo, ahora que no trabajo en un medio me siento más realizada que nunca. ¿Es eso malo? ¿Me he conformado? No quiero pensar eso, quiero creer que no deseaba tanto ser periodista y no pasa nada. No tiene nada de malo. No me convierte en peor persona ni, mucho menos, peor mujer.
Llevo años proyectando una yo que no es 100% real. Lo es en parte. Me chifla viajar, pero no quiero vivir en otro sitio, al menos no si no es por obligación. Me gusta mucho leer, pero me chiflan las novelas facilonas -sí, qué pasa, yo me leo los premios Planeta-. Me gusta el cine, pero las pelis 'culturetas' me suelen dejar mal cuerpo.
Soy parte de lo que he sido y he ido desarrollando con los años. Pero no sólo soy eso. También soy egoista, soy indecisa, soy poco juerguista y, entre otras cosas, soy dependiente. Dependo de mi familia, aunque ellos a veces no lo crean, dependo de mis amigos, aunque me haga la superwoman, dependo de mi pareja, sí, lo tengo en cuenta en mi día a día.
Nada de esto me convierte en menos mujer. Simplemente me hace más compleja. Soy libre, libre para elegir, por tanto ¿no es ya hora de que empiece a elegir lo que mi yo más profundo quiere? Ya soy lo que creía que tenía que ser, ahora tengo que ser yo misma.
Ha llegado ese momento y no está siendo nada fácil.
La pregunta fundamental, esa a la que he llegado tras horas de reflexiones, es la siguiente: "¿Quién soy en realidad?" O dicho de otra forma, "¿soy lo que soy o lo que creo que debo ser?"
Vivimos en un mundo en el que la mujer -hablo de lo que conozco, lo siento por el resto- tiene que ser un todo. Tiene que ser la mejor profesional, la mejor amante, madre, hermana, pareja, tía, amiga, colega... Y todo eso lo tiene que hacer bien y, entre tanto, cuidar su cuerpo, cultivar su mente y seguir las últimas series del momento. Eso, claro, si eres una mujer libre, independiente, moderna y autosuficiente.
Yo soy todo eso. ¿Lo soy o trato de serlo? ¿Trato de serlo porque quiero serlo o porque creo que es lo que debo ser?
Llevo años formándome, viajando, trabajando, conduciendo, conociendo gente, leyendo, viendo películas, haciendo punto, cocinando, yendo al gimnasio y así una lista innumerable de cosas que he convertido en hábitos de los que es muy difícil deshacerse.
Muchas de las cosas que he hecho ha sido porque he querido, he sido libre para elegir no hacerlas y las he hecho. No me arrepiento, ¿pero que haya hecho algo me convierte en ello? ¿Que haya disfrutado de viajar sola me convierte en una viajera solitaria? No lo creo.
Cuando leo mi diario de cuando tenía 15 años me doy cuenta de que he llegado a donde quería llegar. Bueno, menos a lo de trabajar como periodista. Pero, por ejemplo, ahora que no trabajo en un medio me siento más realizada que nunca. ¿Es eso malo? ¿Me he conformado? No quiero pensar eso, quiero creer que no deseaba tanto ser periodista y no pasa nada. No tiene nada de malo. No me convierte en peor persona ni, mucho menos, peor mujer.
Llevo años proyectando una yo que no es 100% real. Lo es en parte. Me chifla viajar, pero no quiero vivir en otro sitio, al menos no si no es por obligación. Me gusta mucho leer, pero me chiflan las novelas facilonas -sí, qué pasa, yo me leo los premios Planeta-. Me gusta el cine, pero las pelis 'culturetas' me suelen dejar mal cuerpo.
Soy parte de lo que he sido y he ido desarrollando con los años. Pero no sólo soy eso. También soy egoista, soy indecisa, soy poco juerguista y, entre otras cosas, soy dependiente. Dependo de mi familia, aunque ellos a veces no lo crean, dependo de mis amigos, aunque me haga la superwoman, dependo de mi pareja, sí, lo tengo en cuenta en mi día a día.
Nada de esto me convierte en menos mujer. Simplemente me hace más compleja. Soy libre, libre para elegir, por tanto ¿no es ya hora de que empiece a elegir lo que mi yo más profundo quiere? Ya soy lo que creía que tenía que ser, ahora tengo que ser yo misma.
jueves, 24 de septiembre de 2015
Alegato en defensa de la filosofía
Como si de una reunión de Alcohólicos Anónimos se tratara, me presento: "Hola, soy Isabel y soy de letras". Sí, lo reconozco, soy una adicta a entender los comportamientos humanos, a analizar el porqué de determinadas reacciones sociales, a ir más allá. Pero me temo que, además, ya es tarde para mí, ya no hay marcha atrás en mi camino hacia el descubrimiento de lo más profundo del ser humano.
Acabamos de ser testigos de la supresión de Filosofía de 2º de Bachillerato como asignatura obligatoria en los institutos españoles. "No sirve para nada, no tiene salidas", dicen. ¡Pobres ignorantes! -quienes lo afirman, porque se lo han creído, y los estudiantes que carezcan de ella en el futuro-.
Esa concepción de estudiar algo para ganar dinero es algo nuevo, creado por un sistema capitalista en el que el hombre nace para consumir no para vivir. Sin embargo, esa idea está ya tan extendida que da miedo. Da miedo porque empieza a dar fruto.
La idea de que algo que "no tiene salidas" -productivas en términos económicos- es menos válido es terrible. La educación, la cultura, el saber son una cosa, el trabajo es otra. ¿Acaso la historia tiene "salidas"? No, o al menos no las que un padre querría para su hijo, porque lo que se dice ganar dinero como historiador... Entonces, ¿cuántos años le quedan como asignatura obligatoria en nuestras escuelas? Pero, si no estudiamos historia, si no nos cuentan lo que han hecho nuestros antecesores en el mundo, ¿cómo podremos no repetir sus errores?
Con la filosofía pasa exactamente lo mismo. Si no estudiamos cómo ha ido evolucionando nuestro pensamiento hasta hoy, ¿cómo vamos si quiera a entender nada de lo que nos rodea? Si no entendemos la evolución filosófica del hombre jamás podremos entender que la sociedad se conforma de ideas arraigadas generación tras generación y que en la mayoría de los casos son así porque un poder -el que sea- lo ha querido así.
La ciencia dice, entre otras muchas cosas, que el hombre viene del simio. De acuerdo. ¿Qué cambió en los cerebros de esos primeros homínidos para separar por completo su línea evolutiva de la de los primates? El pensamiento. Genial. Y ahora vamos a eliminarlo. Vamos a borrar de nuestra educación lo que nos hace seres humanos.
Yo estudié letras, a pesar de que todo el mundo me dijera que iba a tirar mi vida a la basura. Ya entonces fui consciente de que el mensaje no era tanto "estudia lo que te haga feliz" sino "estudia lo que te de dinero". Por suerte, decidí seguir mi instinto. Mi amor por las ciencias sociales y las letras era mayor que el miedo a no tener una vida llena de lujos.
Sé que con 15, 16, 17 años estudiar filosofía puede resultar tedioso. En esas edades, filosofar no es algo que suela apetecer. Sin embargo, años después, con el tiempo y las experiencias vitales, esa base cultural se convierte en pilar fundamental para entender lo que nos va sucediendo y no volvernos locos -o volvernos locos por ser conscientes de que no somos dueños de nuestros actos, sino que somos borregos dentro de un grupo humano concreto-.
La filosofía ha sido la última asignatura que ha caído -se mantiene como optativa, es decir, que sólo la elegirán unos pocos-. Aún se mantienen algunas, lo que yo ya no sé es hasta cuándo. Así que cada vez serán menos los que desarrollen su capacidad de pensar y, por tanto, cada vez serán menos los que sean humanos.
Acabamos de ser testigos de la supresión de Filosofía de 2º de Bachillerato como asignatura obligatoria en los institutos españoles. "No sirve para nada, no tiene salidas", dicen. ¡Pobres ignorantes! -quienes lo afirman, porque se lo han creído, y los estudiantes que carezcan de ella en el futuro-.
Esa concepción de estudiar algo para ganar dinero es algo nuevo, creado por un sistema capitalista en el que el hombre nace para consumir no para vivir. Sin embargo, esa idea está ya tan extendida que da miedo. Da miedo porque empieza a dar fruto.
La idea de que algo que "no tiene salidas" -productivas en términos económicos- es menos válido es terrible. La educación, la cultura, el saber son una cosa, el trabajo es otra. ¿Acaso la historia tiene "salidas"? No, o al menos no las que un padre querría para su hijo, porque lo que se dice ganar dinero como historiador... Entonces, ¿cuántos años le quedan como asignatura obligatoria en nuestras escuelas? Pero, si no estudiamos historia, si no nos cuentan lo que han hecho nuestros antecesores en el mundo, ¿cómo podremos no repetir sus errores?
Con la filosofía pasa exactamente lo mismo. Si no estudiamos cómo ha ido evolucionando nuestro pensamiento hasta hoy, ¿cómo vamos si quiera a entender nada de lo que nos rodea? Si no entendemos la evolución filosófica del hombre jamás podremos entender que la sociedad se conforma de ideas arraigadas generación tras generación y que en la mayoría de los casos son así porque un poder -el que sea- lo ha querido así.
La ciencia dice, entre otras muchas cosas, que el hombre viene del simio. De acuerdo. ¿Qué cambió en los cerebros de esos primeros homínidos para separar por completo su línea evolutiva de la de los primates? El pensamiento. Genial. Y ahora vamos a eliminarlo. Vamos a borrar de nuestra educación lo que nos hace seres humanos.
Yo estudié letras, a pesar de que todo el mundo me dijera que iba a tirar mi vida a la basura. Ya entonces fui consciente de que el mensaje no era tanto "estudia lo que te haga feliz" sino "estudia lo que te de dinero". Por suerte, decidí seguir mi instinto. Mi amor por las ciencias sociales y las letras era mayor que el miedo a no tener una vida llena de lujos.
Sé que con 15, 16, 17 años estudiar filosofía puede resultar tedioso. En esas edades, filosofar no es algo que suela apetecer. Sin embargo, años después, con el tiempo y las experiencias vitales, esa base cultural se convierte en pilar fundamental para entender lo que nos va sucediendo y no volvernos locos -o volvernos locos por ser conscientes de que no somos dueños de nuestros actos, sino que somos borregos dentro de un grupo humano concreto-.
La filosofía ha sido la última asignatura que ha caído -se mantiene como optativa, es decir, que sólo la elegirán unos pocos-. Aún se mantienen algunas, lo que yo ya no sé es hasta cuándo. Así que cada vez serán menos los que desarrollen su capacidad de pensar y, por tanto, cada vez serán menos los que sean humanos.
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